La enfermedad y las emociones

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Cada día somos más conscientes de la estrecha relación que tienen nuestros pensamientos con nuestro cuerpo y el efecto que estos le producen. “Los órganos lloran las lágrimas que los ojos se niegan a derramar” – Sir William Osler –

Las emociones no sólo nos hacen sentir alegres, iracundos o tristes, sino que también afectan el funcionamiento de algunos de nuestros órganos. Es lo que denominamos Dolor Emocional.

Cuando los sentimientos de miedo, ira, tristeza, rabia, enfado o frustración, no se expresan o se manifiestan inadecuadamente, desencadenan efectos sobre algunos órganos o aparatos del cuerpo que se traducen en dolor, contracturas, alteraciones digestivas, cefaleas, un “bajón” de nuestras defensas o, simplemente, un dolor de espalda invalidante.

Es posible que haya relacionado su malestar con alguna de estas emociones, pero quizás no acabe de comprender los motivos de dicha conexión; incluso es posible que haya descartado la idea por parecerle absurda o inconexa. Sin embargo, esto que ha vivido y ha experimentado tiene una explicación anatómica, porque existe una conexión directa entre nuestra cuerpo y nuestras emociones.

La enfermedad no sólo es el resultado de nuestros actos, sino también de nuestros pensamientos” -André Maurosis-

Nuestra fisiología queda dañada por el transcurso de perturbaciones a lo largo de los años por nuestras relaciones emocionales. El dolor afectivo y emocional puede ser peor que un cólico renal. La calidad de nuestras relaciones afectivas con padres, hermanos o amigos, puede condicionar nuestra salud o enfermedad; sentirse arropado, amado, entendido y consolado puede ser la mejor de las medicinas curativas para el organismo.

Lo interesante es que si separamos el dolor de origen traumático, a causa de accidentes, el dolor por problemas congénitos de la columna o el que se asocia a patologías graves, en el resto de los casos, investigando un poco, es posible llegar a encontrar la participación activa de las emociones en el origen y la perpetuación del dolor.

Incluso, a veces, las emociones modifican la manera de como algunas personas viven el dolor, incluso cuando está producido por una lesión traumática o una desviación congénita. Los pacientes no son simplemente una vértebra bloqueada, un hígado en disfunción o un sistema inmunológico deprimido, sino que son personas con pensamientos, miedos y caracteres que condicionan su organismo de manera especial y única.

No hay que olvidar la parte más importante del paciente: su ser. Jueces, empresarios, abogados, administrativos, maestros, peluqueras, políticos, amas de casa, médicos, azafatas, camareros, y, en definitiva, cualquier profesional, cada uno en su contexto particular, con sus hábitos propios de trabajo más o menos saludables, comparten un denominador común: Son personas que, en sus contextos, viven, sufren, han sufrido y, en algún caso, seguirán sufriendo dolor físico, simplemente por el hecho de no cambiar nada en su vida, por no cambiar sus hábitos.

Su dolor no cambiará si nada cambia en su rutina. No podemos dejar de lado el hecho de que la mayoría de las personas padecen las adversidades del mundo moderno; estrés, ruidos, contaminación ambiental, desajustes horarios, contaminación alimentaria y mala alimentación… Son víctimas de prisas, hipotecas, presión, tráfico, radiaciones y un sin fin de situaciones estresantes que sólo acentúan y retro-alimentan el dolor y, en muchos casos, lo producen.

Si a todo ello le sumamos un pasado que no se solucionó de la manera apropiada, un problema familiar que quedó sin cerrarse, la muerte de un ser querido, un matrimonio fracasado o en vías de serlo, una sexualidad más o menos reprimida, miedo al futuro, problemas económicos y un largo etcétera, así como falta de un descanso reparador y la falta de ejercicio físico, ya tenemos los ingredientes del cóctel perfecto, el terreno abonado para que a corto, medio o largo plazo forme parte del 90% de la población mundial que sufre Dolor Físico por causas emocionales.

La sobrecarga emocional es el denominador común de muchas personas, con el aparecen alteraciones digestivas constantes, gases intestinales, palpitaciones, opresión en el pecho, angustia, falta de aliento, sensación de ahogo y un largo etcétera de síntomas similares.

Todo estos síntomas por separado o la suma de varios de ellos, indican que la persona debe cambiar algunos hábitos, y no sólo eso, sino también algunos pensamientos y filosofía de vida. Naturalmente, no es sencillo, pero tampoco es imposible. Nuestros estados emocionales pueden favorecer todo tipo de enfermedades. Muchas veces subestimamos el poder de la mente, de su capacidad de crear nuestra realidad. Queda claro que la mente es increíble, pues está diseñada para darle forma, figura y color al mundo que experimentas.

Sin embargo, esta mente a veces puede estar equivocada. Cuando tu tienes una creencia en tu mente, ella, con su percepción y atención, hace todo lo posible por demostrarte que tu creencia es verdad, aunque lo que estés creando sea perjudicial para tú existencia o no sea cierto.

En primer lugar debemos identificar nuestro conflicto interno, enfrentarnos a el y transformarlo en pensamiento positivos, en paz y armonía que ayudarán a mejorar nuestra salud y estado de ánimo y a que la cura haga efecto sobre nuestro organismo. La clave entre el dolor y las emociones, es sin duda, descubrir y comprender el Lenguaje Secreto de nuestro cuerpo.

Fuente: espacioshantala.weebly.com – Imagen de Raheel Shakeel en Pixabay


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