Bajar los decibeles para una vida más saludable

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Con la contaminación acústica, la exposición prolongada a sonidos intensos altera el orden entre el sistema nervioso, el endócrino y el inmune.

En contra de nuestra voluntad quedamos sometidos a la contaminación acústica cada vez en más lugares, sin control por parte de los entes competentes.


Otras veces, generamos ruido por falta de responsabilidad y de conocimiento sobre las consecuencias del martilleo sonoro, como cuando se escucha música con auriculares. Una conversación normal tiene 60 decibeles, el secador de pelo 80 y el tránsito urbano produce una presión sonora de 90.

Los dispositivos para escuchar música llegan a 105 decibeles y en general se usan a más de 85 durante mucho tiempo, lo que puede provocar pérdida auditiva, según menciona el sitio web para proteger la audición It’s a noisy planet, de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos.

En bares y restaurantes suele haber un sonido de tal magnitud que, o no podemos escucharnos o para lograrlo salimos disfónicos. El trauma acústico no tiene solución con cirugía. Si se daña la cóclea (que es como un caracol que está en el oído interno) “el problema es irreversible y el paciente necesitará audífonos”, explica Javier Roldán, miembro del equipo de Otorrinolaringología del Sanatorio del Salvador.

El oído humano no ha sido diseñado para la audición de ruidos que superen los niveles que pueden encontrarse en la naturaleza” “Ni el ruido de un trueno o de una catarata daña al oído -continúa Barmat- porque son tonos graves que se encuentran más protegidos dentro del órgano de la audición”.

Antes que el trauma acústico, las señales que avisan que algo está fallando es la percepción de zumbidos o silbidos que no se corresponden con señales del exterior y los mareos o sensación de vértigo, además de “pérdida temporal o permanente de la capacidad auditiva e hipersensibilidad al sonido”, agrega Fernando Romero Orellano, profesor adjunto de la Cátedra de ORL de la Universidad Católica de Córdoba y Jefe del Servicio de ORL de la Clínica Universitaria Reina Fabiola.

“Veo muchos taxistas con problemas auditivos que no se notan de inmediato, pero sí a mediano plazo”, advierte Roldán. Esto es así porque el impacto del ruido se acumula a lo largo de la vida y quienes están expuestos a sonidos intensos constantemente, son susceptibles a tener lesiones permanentes.

“Por el tiempo que pasan expuestos, sin protección y sin control, es equivalente a estar sometidos al sonido de la turbina de una avión, que tiene, en promedio, 160 decibeles”, compara el especialista. De su experiencia, Roldán también menciona a los conductores de colectivos “que van con la ventanilla abierta escuchando constantemente el ruido del motor y por otro lado, a los empleados de los call centers”.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que la exposición prolongada por encima de 70 decibeles es molesta y puede ser dañina. El estrés provocado por el ruido, desencadena reacciones hormonales y del sistema inmune, lo cual abona el terreno para efectos en diversos órganos. Además de la audición, la contaminación acústica tiene consecuencias en la enfermedad cardiovascular, alteraciones cognitivas, problemas para dormir e irritabilidad, según el informe de la Oficina Europea de la OMS de 2011.


El reporte señala que las principales complicaciones son los trastornos del sueño y la irritabilidad a causa del ruido del tránsito. También indica que la contaminación acústica del tránsito hace que cada año en las ciudades de la Comunidad Europea se pierdan, como mínimo, 61 mil años de vida saludable por cardiopatías isquémicas, 45 mil por trastornos cognitivos, 903 mil por problemas para dormir, 22 mil por zumbidos y 654 mil por irritabilidad.

En los países industrializados, el ruido afecta el corazón con complicaciones como hipertensión y problemas cardiovasculares, incluso infarto de miocardio, menciona el editorial “Efectos cardiovasculares del ruido”, publicado en Noise&Health en 2011.

“Se pueden generar trastornos digestivos, hasta úlcera gástrica o cambios en la motilidad intestinal como consecuencia de la irritabilidad que genera”, apunta Barmat. Incluso, “el ruido puede provocar trastornos en el descanso nocturno que altere el sistema nervioso y se manifieste en el aparato digestivo”, señala la fonoaudióloga.

Pueden aparecer otros posibles desórdenes como “trastornos en la conducta, problemas de equilibrio, falta de concentración”, indica Romero Orellano y puntualiza que “rara vez la persona consulta por alguno de estos síntomas y lo correlaciona con el ruido, pero, al realizar el interrogatorio médico, comienzan a ponerse en evidencia como parte de la enfermedad”.

¿Cómo protegernos?

Escuchamos y distinguimos sonidos y ruidos porque “la señal sonora se transforma en el oído interno en impulso nervioso que llega hasta la corteza cerebral y allí se hace consciente”, explica la fonoaudióloga Gabriela Barmat. “La exposición a ruido puede dañar desde el tímpano, que es una membrana que puede perforarse hasta las células del órgano de Corti del oído interno.

Estas células no se reproducen y en algunos casos el daño es permanente y genera hipoacusia neurosensorial, lo que implica pérdida auditiva irreversible”, describe la especialista.

Los ruidos se pueden clasificar como recreativos y no recreativos. “Dentro del primer grupo se encuentra la práctica de tiro, escuchar música con auriculares a un volumen alto, tocar en una banda e ir a conciertos con la música fuerte, recitales, locales bailables, etcétera. Mientras que entre los no recreativos, está principalmente la actividad laboral y la vida en grandes urbes”, agrega Barmat.

Para prevenir problemas, es necesario hacer lo posible por alejarse de las fuentes de ruido intenso o bien, intente usar tapones. ¿Difícil? Seguramente la mayoría de las veces, pero trate de protegerse de alguna manera.

Fuente: lavoz.com.ar

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